Es en los fracasos personales donde  las personas sienten que se acabara parte de su vida y su rumbo. La ambición y el deseo desmedido nos rodea por doquier. Todos tenemos un amigo o una amiga que aspira a lo mejor de lo mejor sin límites, sin control, y que sería capaz de sacrificar incluso su salud por ver su deseo satisfecho. Es ahí donde radica el principal problema.

¿Dónde está el límite de la ambición?

Desde niños nadie nos enseña a aprender a perder, a fijar un camino distinto a nuestros errores como parte de la vida a cada instante que esta fluye. Es en la época de crianza donde se inculcan unos valores en pos de la ambición sobre la vida y su esencia, donde no hay cabida a darse por vencido frente a las circunstancias. Preferimos una persona que “lo da todo” a un posible perdedor.

Es el deseo de la ambición sin límites el que potencia la creencia irracional de que todos podemos con todo frente a la posibilidad del fracaso, o “el que la sigue la consigue” aunque me deje el pellejo en el intento. De ahí que se pierda la noción de progreso natural y no forzado frente a la vida.

¿Hasta qué punto el deseo fuerza la ambición?

El deseo puede tener dos vertientes a la hora de conseguir anhelos. Por un lado nos encontramos con el deseo como motivación, que potencia la regulación al servicio del bienestar personal y no como motivo de ruptura de “lo que no tengo”. En el momento que este deseo conforma parte del bienestar personal, como objetivo único de potenciarlo a través de la acción, el equilibrio físico se mantiene frente únicamente al acontecimiento o meta a consolidar.

Por otro lado estaría el deseo vinculado a “la falta de algo”, como podría ser un reconocimiento personal, dinero, anhelos personales y amorosos. Cuando el deseo se utiliza ante la carencia como medio de potenciación de la meta exclusivamente y no del bienestar personal, este se diluye, hasta la manifestación del agotamiento inevitable, donde el cuerpo acabará frenando el exceso y aparecerá la vuelta atrás. Como bien decía Walter Riso en su libro Desapegarse sin Anestesia: “Si confundes el progreso natural con el apremio o la obligación que genera apego, la satisfacción se convertirá en exigencia”

“Quiero ser el mejor”

ambición y deseo

Hay una gran diferencia entre ser el mejor o estar bien. Hay personas que ven los resultados como el único condicionante moral sobre lo bien o lo mal que se ha realizado una tarea (Ej: “si no he conseguido lo que quería es que lo he hecho mal”). Si tenemos en cuenta que el tiempo forma parte del apremio a la hora de recibir resultados, querer de forma rápida obtener los frutos de un esfuerzo suele ser incoherente a ese proceso natural por el que las cosas se dan. Forzar la vida a través de la ambición y deseo a “ser el mejor” es vivir en desasosiego, con estrés, sin calma. Vivir tratando de ser el mejor alimenta el mayor de los egos frente al bienestar.

Eckhart, religioso alemán del siglo XIII, afirmó que para alcanzar el auténtico bienestar alguien sabio debía no querer, no saber y no tener. Porque cuando alguien se vacía de sí mismo en esos tres niveles se funde con las circunstancias, liberándose del deseo de querer, del ego de saber más, y del sentido de poseer. Solo un ser humano en ese punto es capaz de liberar su esencia y su potencial.

 

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